domingo, 5 de febrero de 2012

¿Y si...?


¿Y si pintamos un cuadro con los colores del viento?
¿Y si ponemos en una caja, de nuevo, todo lo que Pandora nos dejó?
¿Y si hacemos una canción que se pueda cantar con el silencio?
¿Y si lanzamos por un acantilado de 300.000.000.000.000... metros todos nuestros problemas?
¿Y si cogemos una piedra, la tiramos al mar y hacemos que dé saltos por siempre?
¿Y si nos tapamos con las sábanas algodón 100% de las nubes?
¿Y si nos atamos la mano al fuego con una cuerda y podemos reír porque nos hace cosquillas?
¿Y si cambiamos los euros por "chuches" y alimentamos al planeta entero?
¿Y si nos subimos a un rascacielos solo porque al cielo le ha picado un mosquito?
¿Y si nos proponemos cambiar nuestro mundo, nuestro... propio mundo?

Empezaron a parpadear

                Y así, las lucen empezaron a parpadear. Había verdes, rojas, naranjas, incluso violetas y todas se apagaban y encendían a la vez. Intermitentes, sobre el árbol, al mismo ritmo unísono. Las calles, nevadas, tambie´n tenían luces. En los jardines, relucientes adornos decoraban las entradas. Flores en primavera, hojas secas en otoño, césped en verano y luces, en inverno. El jardín de los McYet siempre era el mejor. La señora McYet lo llenaba de elfos, trineos y renos. Además, en el tejado, cada año, había un nuevo y enorme Santa Claus. Las navidades llegaron a Manhattan antes de lo previsto. Al terminar el reciento Halloween, justo al amanecer siguiente pude ver como las luces del comerciante lights-Flyer viajaban des de Carolina del Norte hasta Nueva York. Mike vio el pasacalle de camiones del color del cielo pasar por Central Park y ambos pensamos lo mismo, y es que la Navidad aquel año, sería diferente. 

Escuchando el silencio

-Sabes, cuando era pequeña y no me podía dormir, mi padre, me cogía en brazos y me llevaba hasta aquí. Me tumbaba entre la arena y esperaba que el sonido de las olas  hiciera el resto. Después, cuando paraba de llorar, volvía a sostenerme entre sus brazos y me cantaba una canción. –se acurrucó entre las toallas, cerró los ojos, y respiró hondo- una vez, cuando tenía seis años, mi padre me volvió a traer aquí y nos sentamos entre las rocas. Me cogió las manos y me hizo prometerle que tras su muerte, yo no lloraría por su ausencia. Después, sentí como sus lágrimas caían rompiéndose sobre mis manos como frágiles trozos de cristal: hacían daño.-palpó una piedra y la tiró al mar, la piedra dio tres saltos y se hundió entre las aguas- vaya, tres, no está mal.
-Ya lo creo, yo casi ni se tirar – confesó el chico.
-Te enseñaré –le dijo- si me lo recuerdas.
-Lo haré –sonrió- si me acuerdo.


Lanzó una sonrisa fugaz y se quedó junto a ella. Ambos, por un momento, escucharon el silencio. 

Alas de cristal


             Hace ya mucho tiempo que vuelas en los cielos de mis sueños. Con tu irregular tambaleo y tus alas cristalinas, pareces libre en el vuelo. Es de día y el sol está en lo alto. Te ilumina suavemente dejando en tus alas un cálido resplandor. Poco a poco, asciendes por el añil del cielo luciendo tu tan extraña belleza. Pero siempre, deseando más de lo que puedes, terminas por acercarte demasiado, como un inocente Ícaro, el sol acaba delatándote. Te deslumbra impidiéndote ver a tu alrededor. Haciéndote caer finalmente, desconsolado, sumergido en frágiles tambaleos que sin duda hacen de ti una víctima más. Cuando me ocurre esto, me levanto de un salto de la cama. Sobrecogida y con la respiración exageradamente entrecortada. Sabes abuelo, pensé que al llegar aquí las cosas cambiarían. Que lo olvidaría todo y empezaría una nueva vida. Sin temores ni asaltos. Pero como habrás podido imaginar, no lo he conseguido. Cada día que pasa siento más cerca de mí el lugar que he abandonado. Las cálidas mañanas en las montañas, con el fresco aroma de las flores y del azahar. El invierno y sus frías noches junto a la chimenea evitando el frío. Y oírte narrar aquellas historias llenas de anhelo. Echo de menos correr descalza sobre la hierba mojada y respirar al momento ese intenso olor a pino. Pero sobretodo, ¿sabes lo que más añoro, abuelo? Verte sonreír cada vez que veías a una mariposa alzar el vuelo.