Una noche, me asomé a la ventana y pude observar con asombro, los barcos que iban a zarpar. Los conté, trece. Trece barcos y treinta y cinco marineros, o al menos, que yo pudiese ver. Nunca supe donde se fueron, tan solo que zarparían aquella noche, en el puerto de Sagunto. Vi entre la gente, a la señorita Rosa con sus cinco hijos, vestidos con el traje de los domingos y con un nudo en la garganta, o tal vez en el corazón. La más pequeña, iba al colegio con Tatiana y no paraba de llorar. También supe que allí estaría mi vecina con su marido, el que siempre estaba fumando puros y tirándolos a nuestra terraza. Su hijo mayor se iba. Entonces no sabía que sentían unos padres al ver marchar a su hijo. En el primer barco de todos, una joven lloraba abrazada a su amado. Aunque quizás, cuando volviese, ni siquiera recordaría su nombre. Las luces reflejadas en las oscuras aguas, eran de todos los colores. La feria de agosto había llegado. Sí, mi padre trabajó duro aquel año. La noria era más grande, la casa del terror daba terror de verdad, la parada de los dardos no estaba trucada y la montaña rusa, su más preciada atracción, era como no, una montaña rusa increíble.
No pude evitar recordar como la abuela comparaba la vida con una montaña rusa. Sentada en su sillón te terciopelo rojo, veía el tiempo pasar en el gran reloj de cuco, hecho a mano, que había enfrente suya, se limitaba a criticar todo cuanto veía, olía o se movía. Ella decía que, efectivamente, la vida, es como una montaña rusa. Empiezas subiendo a poco a poco, viendo que te espera más allá. Antes de que te des cuenta avanzas entre los raíles i todo, pasa rápido. Tan rápido que el viento te despeina y el corazón te late a mil por hora. De repente, un giro inesperado aparece entre el trayecto. La montaña sigue y no es el único giro. pero aprendes que algunos los pasarás con una sonrisa y los ojos abiertos y otros, con dolor de cuello. Y de esta forma, continúas avanzando. Cuando, ves, más grande y cerca de lo que te esperabas, una ascensión muy alta. Entonces, sabes, que ha llegado tu momento. Los brazos se estiran, las manos se abren y el cuerpo te pide lanzar un grito. Entonces, caes. Tienes la sensación que una parte de ti se ha quedado en la cima, tienes la sensación que el corazón, durante la bajada, te ha dejado de latir i también, te ha parecido, que podías volar, aunque tan solo por unos segundos. Ésto, nunca lo olvidas. Incluso cuando la montaña para con un golpe brusco y seco y sabes que ya es demasiado tarde para hacer la cola de nuevo, te acuerdas de ese momento en el que pudiste, casi... volar.



