sábado, 4 de febrero de 2012

Casi... volar

                  
Una noche, me asomé a la ventana y pude observar con asombro, los barcos que iban a zarpar. Los conté, trece. Trece barcos y treinta y cinco marineros, o al menos, que yo pudiese ver. Nunca supe donde se fueron, tan solo que zarparían aquella noche, en el puerto de Sagunto. Vi entre la gente, a la señorita Rosa con sus cinco hijos, vestidos con el traje de los domingos y con un nudo en la garganta, o tal vez en el corazón. La más pequeña, iba al colegio con Tatiana y no paraba de llorar. También supe que allí estaría mi vecina con su marido, el que siempre estaba fumando puros y tirándolos a nuestra terraza. Su hijo mayor se iba. Entonces no sabía que sentían unos padres al ver marchar a su hijo. En el primer barco de todos, una joven lloraba abrazada a su amado. Aunque quizás, cuando volviese, ni siquiera recordaría su nombre. Las luces reflejadas en las oscuras aguas, eran de todos los colores. La feria de agosto había llegado. Sí, mi padre trabajó duro aquel año. La noria era más grande, la casa del terror daba terror de verdad, la parada de los dardos no estaba trucada y la montaña rusa, su más preciada atracción, era como no, una montaña rusa increíble. 
No pude evitar recordar como la abuela comparaba la vida con una montaña rusa. Sentada en su sillón te terciopelo rojo, veía el tiempo pasar en el gran reloj de cuco, hecho a mano, que había enfrente suya, se limitaba a criticar todo cuanto veía, olía o se movía. Ella decía que, efectivamente, la vida, es como una montaña rusa. Empiezas subiendo a poco a poco, viendo que te espera más allá. Antes de que te des cuenta avanzas entre los raíles i todo, pasa rápido. Tan rápido que el viento te despeina y el corazón te late a mil por hora. De repente, un giro inesperado aparece entre el trayecto. La montaña sigue y no es el único giro. pero aprendes que algunos los pasarás con una sonrisa y los ojos abiertos y otros, con dolor de cuello. Y de esta forma, continúas avanzando. Cuando, ves, más grande y cerca de lo que te esperabas, una ascensión muy alta. Entonces, sabes, que ha llegado tu momento. Los brazos se estiran, las manos se abren y el cuerpo te pide lanzar un grito. Entonces, caes. Tienes la sensación que una parte de ti se ha quedado en la cima, tienes la sensación que el corazón, durante la bajada, te ha dejado de latir i también, te ha parecido, que podías volar, aunque tan solo por unos segundos. Ésto, nunca lo olvidas. Incluso cuando la montaña para con un golpe brusco y seco y sabes que ya es demasiado tarde para hacer la cola de nuevo, te acuerdas de ese momento en el que pudiste, casi... volar. 

Fría y fuerte, también frágil


          Sin duda, aquella mañana de verano hizo más frío que nunca. O al menos eso me pareció. Abrí la ventana y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Estaba lloviendo. Sí, llovía sin parar ni un segundo,. Sin dejar espacio entre gota y gota. No había silencio; solo lluvia. Con su sonidos y sus gotas quebrantándose en el alféizar. Saqué la mano fuera, estaban frías. Un segundo escalofrío me inundó. Pero aún así, no cerré la ventana. Juan, el cartero, dejaba las cartas, entre la lluvia, cuidadosamente en el buzón verde. Después, lo vi alejarse con su uniforme, sobre su 600 azul marino. De pronto, la velocidad del descenso del agua, avanzó. Caían fuertes, resistentes a los obstáculos contra los que chocaban. estiré los brazos y cerré los ojos. Olvidé así todo y dejé de pensar. Me convertí así en una de gota. Fría y fuerte, pero a la vez frágil. 

Hacer un instante..., eterno


                         Por eso decidí crear mi casa flotante. Mi transporte, mi estudio, mi hogar. Navegué como el más feroz de los piratas a través del Sena. Un par de lienzos, un bote oxidado con pinturas al óleo y trece pinceles era prácticamente lo poco que necesitaba para poder empezar a dibujar. Realmente, era impresionante todo lo que observaba des de allí. Sentado en mi silla, con mi brocha núm.11 en la mano izquierda, vi colores que atravesaron mi pupila y que todavía tengo almacenados. Ocres, marrones, azules, transparentes... Me sorprendió la cantidad de tonalidades que se puede hallar en mitad de un río y lo mucho que, más tarde, se anhelan. No olvido el silencio que encontraba cada amanecer cuando me levantaba para de nuevo, otra vez, pretender captar el momento, el segundo, el instante. Quizás fue aquel, mi temporal e inestable hogar que tenía una especie de magia, el que hizo más profunda mi ambición de hacer un instante..., eterno.

Por siempre


Quiero creer que todavía nos queda tiempo. 
tiempo para cantar canciones nunca cantadas,
para vivir momentos nunca vividos,
para viajar a lugares inhóspitos, a rincones perdidos,
tiempo para llorar, reír y volver a reír,
para fracasar, fallar, caer y volver a levantarse,
tiempo para besar, crecer y recorrer nuevos caminos,
nuevas experiencias.
Tiempo para sentir aquellas cosas nunca sentidas,
y hacerlo intensamente.
Y, tiempo para soñar, dormidos y despiertos, 
por siempre.