-Sabes, cuando era pequeña y no me podía dormir, mi padre, me cogía en brazos y me llevaba hasta aquí. Me tumbaba entre la arena y esperaba que el sonido de las olas hiciera el resto. Después, cuando paraba de llorar, volvía a sostenerme entre sus brazos y me cantaba una canción. –se acurrucó entre las toallas, cerró los ojos, y respiró hondo- una vez, cuando tenía seis años, mi padre me volvió a traer aquí y nos sentamos entre las rocas. Me cogió las manos y me hizo prometerle que tras su muerte, yo no lloraría por su ausencia. Después, sentí como sus lágrimas caían rompiéndose sobre mis manos como frágiles trozos de cristal: hacían daño.-palpó una piedra y la tiró al mar, la piedra dio tres saltos y se hundió entre las aguas- vaya, tres, no está mal.
-Ya lo creo, yo casi ni se tirar – confesó el chico.
-Te enseñaré –le dijo- si me lo recuerdas.
-Lo haré –sonrió- si me acuerdo.
Lanzó una sonrisa fugaz y se quedó junto a ella. Ambos, por un momento, escucharon el silencio.

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