Caminamos durante toda
la noche. A medida que avanzábamos notamos la nueva estación más cerca que
nunca. Y es que el invierno se había apoderado de nuestros pies, de las jarras
de agua, ahora congelada, e incluso de los páramos que atravesamos. Pude ver
las aves volar lejos huyendo del frío. Y el rocío, sólido y cristalino, colgar
de los sauces desnudos. Los sacos pesaban y en más de una ocasión los
arrastramos ladera arriba. Tuvimos suerte, ninguno se agujereó. Entre la espesa
negrura que inundó la noche, durante un breve instante, me pareció ver a Naiba
en el cielo, convertida en una estrella. Pero bien sé que es la locura la que
se apodera de mí. Los otros y yo, cuando el sol hubo salido, creímos estar cada
vez más cerca del final del trayecto puesto que Luca vio que las laderas
interminables se acababan a lo lejos. Luca tiene una vista increíble. Gracias a
ello, es el que mejor caza de su pueblo. La noche anterior, junto a una hoguera
que hicimos improvisadamente con un par de cañas, ramas y hierbajos, nos contó
que, cuando tenía quince años, capturó al ave incapturable. Yo ya había oído
hablar de aquel pájaro y de todas aquellas personas que habían intentado
capturarlo. Lo llamaban El Incapturable, El Gigante o El Ángel de Alas Púrpura.
Su hocico era puntiagudo y amarillento, sus ojos negros y profundos, también
grandes, y sus alas púrpura, elegantes, bellas. Luca, bajo la luz tenue que nos
proporcionaba la hoguera, nos contó cómo se convirtió, en una leyenda.
-Vi algo moverse entre las copas de los
sauces –empezó diciendo- era algo extraño, fuera de lo normal. Conozco todas
las aves que pasan por el bosque a lo largo del año y ninguna puede volar tan
rápido. Aquello…, -se acercó a nosotros y nos miró a los ojos uno a uno- azotó
el bosque entero con la fuerza de un huracán.
“De repente, el fuerte viento cesó. Y a lo lejos, una luz
parpadeaba entre los arbustos. Me acerqué muy despacio y entonces la vi. Allá
acurrucada entre dos matojos, como una especie de ser celestial, igual de
grande que la palma de mi mano. Al instante alzó el vuelo y de nuevo solo se
veía su rastro púrpura. Cogí mi arco y la flecha más fina y afilada que tenía y
apunté sin pensármelo dos veces. Yo, Luca, había capturado al Ave
Incapturable.”
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