miércoles, 19 de septiembre de 2012

Luca y el ave incapturable


               Caminamos durante toda la noche. A medida que avanzábamos notamos la nueva estación más cerca que nunca. Y es que el invierno se había apoderado de nuestros pies, de las jarras de agua, ahora congelada, e incluso de los páramos que atravesamos. Pude ver las aves volar lejos huyendo del frío. Y el rocío, sólido y cristalino, colgar de los sauces desnudos. Los sacos pesaban y en más de una ocasión los arrastramos ladera arriba. Tuvimos suerte, ninguno se agujereó. Entre la espesa negrura que inundó la noche, durante un breve instante, me pareció ver a Naiba en el cielo, convertida en una estrella. Pero bien sé que es la locura la que se apodera de mí. Los otros y yo, cuando el sol hubo salido, creímos estar cada vez más cerca del final del trayecto puesto que Luca vio que las laderas interminables se acababan a lo lejos. Luca tiene una vista increíble. Gracias a ello, es el que mejor caza de su pueblo. La noche anterior, junto a una hoguera que hicimos improvisadamente con un par de cañas, ramas y hierbajos, nos contó que, cuando tenía quince años, capturó al ave incapturable. Yo ya había oído hablar de aquel pájaro y de todas aquellas personas que habían intentado capturarlo. Lo llamaban El Incapturable, El Gigante o El Ángel de Alas Púrpura. Su hocico era puntiagudo y amarillento, sus ojos negros y profundos, también grandes, y sus alas púrpura, elegantes, bellas. Luca, bajo la luz tenue que nos proporcionaba la hoguera, nos contó cómo se convirtió, en una leyenda.
                        -Vi algo moverse entre las copas de los sauces –empezó diciendo- era algo extraño, fuera de lo normal. Conozco todas las aves que pasan por el bosque a lo largo del año y ninguna puede volar tan rápido. Aquello…, -se acercó a nosotros y nos miró a los ojos uno a uno- azotó el bosque entero con la fuerza de un huracán.
            “De repente, el fuerte viento cesó. Y a lo lejos, una luz parpadeaba entre los arbustos. Me acerqué muy despacio y entonces la vi. Allá acurrucada entre dos matojos, como una especie de ser celestial, igual de grande que la palma de mi mano. Al instante alzó el vuelo y de nuevo solo se veía su rastro púrpura. Cogí mi arco y la flecha más fina y afilada que tenía y apunté sin pensármelo dos veces. Yo, Luca, había capturado al Ave Incapturable.”

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