domingo, 26 de febrero de 2012

¿Para qué esperar?

                A pesar de que ya cae la tarde, el sol, lanza sus poderosos rayos ahuyentando la gente de las calles, haciéndolas solitarias y silenciosas. El sonido de los televisores estratégicamente colocados en las terrazas de los vecinos, apenas se oye. Una suave brisa avanza por el aire golpeándole irregularmente el rostro. Está leyendo un libro. Tumbada en una tumbona naranja, con un vestido naranja y unas chanclas naranjas. Se lo regalaron el día anterior y ha leído treinta páginas. Quiere llegar pronto al final, conocer el desenlace aunque ni siquiera sepa él nudo. ¿Y porque esperar? Al fin y al cabo no es más difícil que inspeccionar las últimas hojas. Ansiosa, abre el libro por el último capítulo. Empieza a leer.
                        -Creía que los libros se empezaban a leer por el principio –susurra una voz a su espalda- aunque tal vez esté equivocado.
                        -¡Dios, que susto! –grita alarmada- ¿no sabes que está mal eso de asustar a los vecinos?
                        -¿Ah, sí?
                        -Pues sí, no te hagas el idiota.
                        -Yo haré lo que tú me digas –murmura con un tono exageradamente seductor.
                        -Anda, cállate y déjame leer. –se queja.
                        -Era broma, no te hagas ilusiones conmigo.
                        -Claro, lo que tú digas, pero ahora déjame en paz.
                        -Va, venga no te pongas así y ven un momento que tengo que hablar contigo.
                        Con gestos vacilantes, se acerca a él. Es su vecino, Daniel. Se conocen des de hace años y no ha cambiado nada. Él nunca cambia. Es como cualquier otro chico de su edad.
                        Daniel, tiene los ojos marrones. Es alto y moreno. A veces demasiado educado, y otras resulta muy grotesco. Su físico es muy atractivo: su blanca sonrisa con alineados dientes, sus músculos, sus ojos que más de una vez la intimidaron… Pero aun así es cabezota y siempre quiere tener la razón.
                        -Haber, ¿Qué quieres? –dice apoyándose en la barandilla blanca que separa sus terrazas.
                        -Está tarde hemos quedado para ir a la piscina de Alicia. Me han dicho que te diga si quieres venir –tose falsamente preparándose para decir  aquello- ¿quieres venir?
                        -Sí, iré.
                        -Pasaré a por ti a eso de las seis, ¿vale?
                        -Vale, pero…
                        -Ah, y ponte el bikini azul que tanto me gusta –la corta.
                        -¡Me pondré el que yo quiera! –exclama.
                        -Sé que te lo pondrás.
                        -No estés tan seguro. –dice finalmente volviéndose para leer.

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