Sin duda, aquella mañana de verano hizo más frío que nunca. O al menos eso me pareció. Abrí la ventana y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Estaba lloviendo. Sí, llovía sin parar ni un segundo,. Sin dejar espacio entre gota y gota. No había silencio; solo lluvia. Con su sonidos y sus gotas quebrantándose en el alféizar. Saqué la mano fuera, estaban frías. Un segundo escalofrío me inundó. Pero aún así, no cerré la ventana. Juan, el cartero, dejaba las cartas, entre la lluvia, cuidadosamente en el buzón verde. Después, lo vi alejarse con su uniforme, sobre su 600 azul marino. De pronto, la velocidad del descenso del agua, avanzó. Caían fuertes, resistentes a los obstáculos contra los que chocaban. estiré los brazos y cerré los ojos. Olvidé así todo y dejé de pensar. Me convertí así en una de gota. Fría y fuerte, pero a la vez frágil.

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